Banalidades

Por fin… estaba harto del mismo atuendo cada día. ¿Nadie había pensado que esos colores no combinaban con nada?, que sí, que no tenía que gustar a nadie ahí dentro pero oye, un poco de “sentido del gusto” siempre es de agradecer, en fin…

Lo importante era que hoy volvería a recuperar su indumentaria habitual y hacía días que soñaba con ella. A primera hora de la mañana se la dejaron encima del camastro tal y como él la había entregado. Se acercó nervioso y descorrió la cremallera de la funda que cubría su traje Brook Brothers y respiró aliviado al ver que todo seguía en su sitio. Si esos idiotas hubiesen sabido lo que costaban esas tres piezas de tela, probablemente se las hubiesen quedado, ignorantes…

Se desnudó rápidamente apartando de un puntapié los pantalones bombachos que le habían prestado y se contempló la silueta desnuda en el espejo. Oye, pues no le habían sentado tan mal esos días, incluso habría perdido algún quilo, mira tú por dónde.

Empezó el ritual de vestirse, como siempre, por los pies. Desparejó los negros calcetines de seda y, apoyado en el filo de la cama, los enrolló para posteriormente extenderlos por sus pantorrillas. Primero el izquierdo, luego el derecho. Como siempre. Continuó con los pantalones. Qué agradable sensación, todavía olían a limpios y la raya se había conservado. Es lo que tiene la calidad.

A continuación desenvolvió la camisa, su favorita, la de aquella noche. Blanca, sin bolsillo, de algodón.  Empezó abrochando el botón de arriba y no fue hasta llegar al penúltimo que se dio cuenta. Aún estaban esas manchitas rojas. Bueno, con el chaleco no se verían…

Siguió con los zapatos. Marrones, de punta. No entendía cómo la gente podría vivir sin ellos, era como pisar el cielo. Los abrochó meticulosamente y se dirigió al espejo para anudarse la corbata. Su momento, su nudo, su Hermmes de seda, el encaje de la perfección. Optó por un Windsor, era una ocasión especial. A la primera, ¡qué sensación!

Estaba deleitándose con su americana cuando lo interrumpieron. –Es hora de irse­– anunció una voz desde el pasillo. –Qué prisas por Dios, ¡ya salgo!– respondió molesto.

El trayecto hasta la Audiencia Provincial fue corto y silencioso aunque algo incómodo por la compañía de dos guardia civiles pasados de peso que le invadían el espacio vital en los asientos traseros del furgón.

Una vez allí, los nueve miembros de un jurado ávido por conocer al presunto asesino de más de diez mujeres en el año 2018, esperaban en sus respectivos asientos.

Cuando por fin entró, solo deseó que nadie se percatara de que esas putas esposas que le habían puesto no combinaban con su cinturón, aunque, viendo como lo miraban, quizá si se habían dado cuenta…

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