En el frío invierno (III)

1 de noviembre de 1944. Campo de concentración de Auswitch I. Polonia

Marcus Hoffe había perdido la noción del tiempo. Hacia ya cuatro meses que él y su padre habían superado, a diferencia de sus tres hermanos, el control médico que realizaban las SS a todos los presos recién llegados a Auswitch y desde ese momento Hoffe había anotado en el suelo de su barracón todos los días que pasaban rasgando el maltrecho suelo de madera con una pequeña piedra puntiaguda que había podido esconder a la vuelta de una interminable jornada de trabajo. Fue relativamente fácil hacerlo al principio, pues la energía que mantenía y la aparición del sol matutino le ayudaban a generar una esperanza que, poco a poco, se había ido diluyendo con la llegada del frío.

Hacía tres semanas que el sol no cubría Auswitch y el cielo, blanco y grisáceo como el mármol, solo escupía una nieve que se desprendía del cielo arrasando cuanto tocaba y se posaba en el suelo creando una película blanquecina que entumecía y amorataba los pies descalzos de todos aquellos presos que divagaban esperando su turno.

Esa mañana Marcus abrió los ojos y sólo vio tristeza. Sus compañeros de habitáculo habían empezado ya ha moverse pero él seguía con la cabeza apoyada en la húmeda y blanda madera. Se recostó de forma fetal y buscó, con sus enjutas manos, la cara de su padre, pero lo único que encontró fue el vacío. Siguió palpando y su pesadilla se hizo realidad, en el estrecho hueco que éste ocupaba por las noches solo había ausencia. El corazón le dio un vuelco, las pulsaciones se le aceleraron de golpe y el agudo grito despertó a los que aún seguían dormidos.

Hoffe, quien en ese momento contaba con once años a sus diminutas pero fuertes espaldas, se levantó olvidando por un momento dónde se hallaba y salió del cubículo de forma precipitada. Eran las seis de la mañana y aunque ya había cierto movimiento en el interior del campo, la oscuridad aún ensombrecía las paredes de obra vista en la que se reflejaban los destellos del amanecer. Avanzó diez metros hasta detenerse en seco, no por el quemar de la gravilla congelada bajo sus pies, sino porque su padre había desparecido.

Marcus era un chico fuerte y hasta ese momento no recordaba haber llorado. No lo había hecho cuándo su padre se inventó que su madre se había ido de casa porque debía ir a buscar faena. Tampoco cuando éste le explicó que sus tres hermanos, menores que él, eran demasiado pequeños para vivir en estas condiciones y los oficiales vestidos de gris les habían permitido volver a casa tranquilamente. No había llorado ni tan siquiera, cuándo le quitaron su juguete favorito con la excusa que había niños que habían ido allí solos y que los necesitaban más que él.

Pero en ese momento, una lágrima brotó en su mejilla. Había perdido a su padre, lo único que tenía, y lloró. Lloró porqué entendió, como si de una revelación se tratase, lo que allí pasaba. Lloró porque con su ridícula edad fue capaz de madurar a pasos agigantados, lloró porque era un niño por muy mayor que le hiciesen ser, lloró porque tenia miedo y lloró, principalmente, porque estaba solo.

Las primeras gotas de agua nieve empezaron a rociarle el rostro confundiéndose con las lágrimas, que de forma desconsolada, cubrían el sucio rostro del niño. Hoffe volvió hacía el interior del barracón sin que los prisioneros se fijaran en él. En todos ellos recaía la desgracia y la empatía, como la mayoría de los que allí habían entrado, había muerto.

Con una habilidad sorprendente para sus condiciones físicas, Marcus trepó por las literas hasta situarse en las más elevadas y se acurrucó boca abajo, un viejo truco que desde bien pequeño había llevado a cabo cuando discutía con sus progenitores y que le servía para ausentarse del mundo hasta que se le pasase el enfado. Se pasó el día allí arriba. Debido a la altura de las literas y la pequeña complexión del muchacho, pasó totalmente desapercibido en completo silencio. Ni tan siquiera cuando se realizó la ronda de inspección por parte de los comandantes arios, estos fueron capaces de avistarlo.

Hoffe, movido por la última dosis de esperanza que invade a los que todo han perdido, esperó en silencio al regreso. A última hora y sin haber ingerido un triste alimento en toda la jornada, los reclusos volvieron a sus celdas, el silencio era aterrador pues nadie, en la centena de hombres que se acumularon en ese cuarto para veinte, dijo nada al regresar. Marcus revisó, uno por uno a los que iban entrando, pero ninguno era a quién el esperaba. Cayó la noche y con ella la desgracia.

Dormitaba entre sollozos Marcus cuando se oyó un grito del exterior.

– ¡Marcus!- pareció oírse. El chico se quedó petrificado pero la voz insistió. -¡Marcus ven!-.

Las pulsaciones del hijo se aceleraron de golpe y salió corriendo. Al abrir la puerta, no sin esfuerzo, visionó su anhelo. Su padre, desnudo, lleno de heridas pero con una sonrisa en el rostro, permanecía de rodillas ante el último miembro de su familia. Marcus levantó la cabeza y atisbó a dos comandantes que corrían hacía la escena. Se precipitó sobre su padre, abrazándolo con los ojos cerrados y, antes de oír el disparo, fue capaz de gravarse las últimas palabras que el Sr. Hoffe le susurró al oído. –No es el mejor regalo que te hecho, pero espero que te guste, feliz cumpleaños cariño…-

Los ojos del padre se apagaron, el grito de Marcus llegó al cielo y el trozo de pan robado cayó de sus manos fundiendo la fría nieve del último invierno que allí pasaría.

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