En el frío invierno (II)

Septiembre de 1944. Campo de concentración de Klooga, al norte de Estonia.

José María se unió a la División Azul cuando lo perdió todo. De eso hacía ya tres años y el rencor que sentía hacia los comunistas había menguado progresivamente por el avance de una guerra sin sentido que los hacía deambular de un sitio para otro.

Esa mañana, la más fría que recuerda, se encontraba en el norte de Estonia. Él, junto con sus compañeros de división y los demás desgraciados que habían hipotecado su vida a una causa que les era ajena, se encontraban matando el tiempo en su campamento, cuando el Hauptsturmführer Hans Müller retiró las cortinas y accedió al interior del aquella caseta que hedía a humo y sudor varonil. Müller solo pronunció una palabra en un perfecto alemán antes de girar sobre el eje de sus botas rodilleras y desaparecer del interior del cubículo. José María se miró con sus compañeros para corroborar que habían entendido lo mismo “seguidme”.

El grupo, formado por 25 divisionarios provenientes de varios países, formó rápidamente sin saber que su vida cambiaría para siempre. Llevaban 3 meses en Estonia y lo consideraban, entre risas, el lugar más triste del mundo. Allí no pasaba nunca nada, la guerra estaba en Berlín y ellos se sentían excluidos.

Siguieron al comandante y subieron a los cinco Mercedes que los esperaban. Minutos más tarde se detuvieron en mitad de un bosque tan sombrío como las almas de los comandantes. Bajaron y el crepitar de la nieve bajo sus pies sonó con una intensidad desmedida. El paisaje, huérfano de vida, solo se sostenía por las copas de unos árboles desnudos que se ramificaban hasta rallar un cielo lechoso que parecía hacer meses que no divisaba el sol. José María cerró los ojos y apretando el escapulario que sostenía en su mano derecha pensó en su madre.

Al rato, vieron aparecer un centenar de cadáveres andantes por el ala oeste de una explanada que, a prudente arbitrio, habían elegido los comandantes de las SS. Un grupo de cien personas, desnudas de arriba a bajo, emergió con la cabeza gacha y con las manos tapándose el sexo. La centena de cabezas rapadas provenían del Campo de exterminio de Klooga y sabían su destino. Sin embargo formaron filas a las órdenes de sus captores como si aceptasen que su vida había llegado hasta aquí o que esto, en definitiva, ya no era su vida. José María tragó saliva con un traqueteo de garganta que llegó a oídos de todos los allí presentes.

–¡Vamos a dispararles! –anunció el Hauptsturmführer. –Los soviéticos avanzan y llegarán al campo en cuestión de días, no podemos transportarlos ni dejar huellas de lo aquí sucedido. Luego los quemaremos. ¿Alguna objeción?

El silencio fue sepulcral. Todos los allí presentes, víctimas y verdugos, habían entendido el mensaje, pero nadie alzó la voz. Solo la muerte, espectadora de lujo, se divirtió aportando un viento siseante que rebotó en los huesos de los confinados y se introdujo en el estómago de los ejecutores.

José María sintió el fuego en su interior y una dosis de bilis en cantidades cuantiosas se alzó hacia su boca, provocando una arcada que, de milagro, fue capaz de disimular. Seguía inmerso en sus pensamientos cuando le entregaron la Gustloff Volkssturmgewehr, el arma que le correspondía para disparar. Al madrileño, criado en el barrio de Malasaña mientras hacía ver que disparaba con ramas de árboles, la escopeta le pesó un mundo, pues junto con los 4,6 kilos del arma cargada, se le acompañaba el peso de la historia.

Suspiró, él sabía que no sería capaz, pero que si no lo era, moriría. Se atrevió, por primera vez, a mirar a los ojos al grupo de enjuiciados que esperaban su desenlace, sin combatir, sin huir, sin resistirse. Él no tenia nada en contra de ellos, no sabía sus nombres, ni sus profesiones ni si tenían familia… pero tampoco atisbó la respuesta en sus corneas y allí, encontró su justificación. La justificación de un cobarde que prefería matar antes de morir, la justificación de unos ojos cadavéricos inmersos en unas cuencas vacías de carne que le hicieron ver que ya estaban muertos. La justificación, al fin y al cabo, de un superviviente en una guerra absurda por la que tendría que rendir cuentas, pero no ese día. Dos horas más tarde, habían muerto ciento veinticinco personas en aquel bosque de los confines del mundo, aunque veinticinco de ellas, lo podrían contar.

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