En el frío invierno

Invierno de 1941. Campo de concentración de Sachsenhausen.

El General Otto Lebeck se levantó de la silla y esbozó, por segunda vez en todo el invierno, una ligera sonrisa. Se centró la visera de la Waffen con ambas manos y se irguió estirando los puños bien planchados de su impoluta camisa. Alzó su brazo derecho en dirección a la mesa y se despidió de los presentes a la voz de ¡Heil Hitler!

Cuando salió por la puerta del pabellón de reuniones, un frio cortante le recorrió las jóvenes pero curtidas facciones de la cara e hizo que se encogiera de hombros y agachara la cabeza para evitar los impactos directos de unos copos de nieve embravecidos por el viento. Caminó en dirección al campo, obviando leer la inscripción forjada en la puerta de acceso únicamente presente para recordar a los cautivos que no saldrían con vida.

Sin detenerse, avanzó entre los barrotes y dio de lleno con un paisaje tan helado como desolador, por el que no sintió ni un ápice de tristeza. Gracias a la forma triangular diseñada por la logística militar alemana, los campos de concentración permitían una visión completa desde cualquier punto, imposibilitando de este modo, tanto las fugas como las casi inexistentes rebeliones.

A paso firme se dirigió hacia el pabellón 98 haciendo que los pijamas a rayas que deambulaban como fantasmas por el campo agacharan su huesuda y rapada cabeza por más miedo que cansancio. El General Otto Lebeck tenía fama desde su llegada de ser el más implacable de los miembros de las SS allí presentes, pues eran varias las historias que de él se contaban y estas no hacían otra cosa que implementar más terror en las almas de unos desgraciados que allí retenían contra su voluntad.

Segundos después se plantó ante la puerta del pabellón en cuestión y, antes de entrar, se detuvo un segundo y resopló, estaba nervioso. No le impidió eso, pero, mantener su dura imagen e irrumpir de forma brusca haciendo que sus recién pulidos zapatos de cuero crepitaran en la ya muy débil madera. Los pocos prisioneros presentes se asustaron y retrocedieron, todos a excepción de uno. Karl Mende llevaba allí tres meses,  y se quedó plantado. También estaba nervioso. –TÚ- Gritó el General. – Conmigo! Ya!.

Los compañeros resoplaron casi al unísono pues, si bien es cierto que sospechaban que sería la última vez que verían a su igual, era más cierto que agradecían, a un Dios que los había abandonado, la suerte de no haber sido los elegidos. El General Lebeck lo agarró del brazo y tiró de él hacía fuera de la caseta. Dejaron la puerta abierta a su salida y cruzaron el campo hasta las mazmorras. Nadie preguntó, nadie intervino, nadie se alzó. La injusticia, en ese entonces, era tan normal como el frío. Una vez allí el miembro del Schutzstaffel hizo pasar al recluso a una de las pocas celdas que quedaban libres y entró con él. Solos, en una celda tapiada metálicamente, insonorizada por el cemento y en la que apenas entraba un rayo de luz, no mediaron palabra, simplemente se abalanzaron el uno sobre el otro fundiéndose en un beso tan torpe como apasionado.

Esa noche el General esbozó su tercera sonrisa invernal.

Esa noche, en el frío invierno, Mende se quitó la vida, pues había cometido el mayor crimen existente, amar a quien no ama.

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