Leonardo pro reo

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Permítanme un experimento. No es fácil desglosar conceptos jurídicos, ni tan siquiera por expertos en la materia. Y no por falta de conocimiento o vocabulario, sino por extensión, sino porque estas ideas, que parecen entes indeterminados y amorfos, se las puede ir estirando y moldeando a tantos antojos como narradores tengan. En la actualidad nos rodean miles de estas concepciones principalmente potenciadas por la prensa, los contertulianos o las redes sociales quienes parecen provistos de una disposición especial para hacer acopio de ellas.

De entre estas incontables expresiones existentes, me gustaría centrarme concretamente en tres: el in dubio pro reo, la presunción de inocencia y la prisión provisional. Este trío, que tan alegremente se emplea, es una de las bases del ordenamiento jurídico, no solamente español, sino mundial. Diferenciarlos, entenderlos y aplicarlos debe ser la base de un sistema garantista pero sin embargo, parece que dicho ejercicio no es tan fácil. Y no lo es hoy, como no lo ha sido nunca.

Volviendo al experimento prometido, y con la intención de dotar de mayor precisión a estos conceptos, voy a proceder a una explicación práctica pero no actual, sino en torno a la figura, para mi, más importante de todos los tiempos: Leonardo da Vinci. Porque sí, en la Florencia renacentista ya sobrevolaban estos conceptos, y no, tampoco se aplicaban con la rigurosidad que merecían.

Quién más quien menos ha odio hablar de Leonardo da Vinci, el mito. Pero el hombre que retrató la sonrisa perfecta, que cuadró el circulo o que feminizó a las doce figuras de la Última Cena, no fue más que eso, un hombre, y como tal, se vio envuelto en los contratiempos propios de la especie.

Christian Gálvez suele matizar que lo que hizo grande al de Vinci, no fueron sus éxitos, sino sus fracasos. Fue su sed de conocimiento, su ambición, su no darse por vencido lo que lo catapultó a los altares de la historia y no únicamente su capacidad. De ahí podemos extraer, quizá, la mayor lección de vida posible. Porque si desmitificamos al genio se queda en hombre y hombres o mujeres, somos todos. Vengo a decir que Leo no tuvo una vida fácil y la existencia de un ordenamiento jurídico mediocre, le puso las cosas aun más difíciles.

La vida del más famoso pintor de la historia da inicio en la población de Vinci, situada a unos veinticinco kilómetros de Florencia. Hijo de Sir Piero da Vinci y Caterina, esclava oriental, Leonardo dio sus primeros pasos de la mano de su padre a pesar de ser considerado hijo ilegítimo.

Desde bien pequeño la curiosidad fue el motor que impulsaba a Leonardo y que acabó desarrollándose a través de la pintura, principalmente influenciado por su abuela, Lucia di ser Piero di Zoso. No tardó Sir Piero en ver a su hijo como un futurible pintor de cierto talento por lo que presentó algunos de sus bocetos a un viejo amigo, Andrea del Verrochio. Éste no dudó en contratar al joven Leonardo para enseñarle el oficio en su multidisciplinar taller, compartido con otros ilustres nombres de la época como Sandro Boticelli, Perugino o Domenico Ghiralandaio.

Este fue un paso trascendental en la vida de Leonardo pues no soló aprendió gran cantidad de oficios, sino que propició que empezase a asistir con asiduidad a la ciudad de Florencia. Una Florencia gobernada por los Medici, una Florencia epicentro del arte a nivel mundial y una Florencia que meses más tarde lo abandonaría

En los primeros años Leonardo fue un torbellino de aprendizaje y demostraciones artísticas que propiciaron que el de Vinci empezase a generarse un nombre en la ciudad florentina, pero la alegría y el amor que profesaba hacia esa ciudad se desvanecieron el 8 de abril de 1476.

La ciudad de Florencia, bajo el mandato Medici, gozaba de ser una de las capitales mundiales tanto por su riqueza como por su valor artístico, pero, a la vez, era archiconocida por ser el núcleo de la homosexualidad, aunque se tratara de una actividad clandestina. Para intentar erradicar dichos comportamientos anticlericales, en 1432 se formó un tribunal que duró hasta 1502 conocido como Ufficiali de la Notte (Oficiales de la Noche). Este tribunal, así conocido por ser habitual que se destapasen este tipo de prácticas cuando caía el sol en la ciudad del Ponte Vecchio, estaba compuesto por seis hombres casados y, pese a que sus castigos no eran especialmente severos, el hecho de ser juzgado suponía una deshonra tal, que muchos se veían obligados a abandonar la ciudad con posterioridad.

Las denuncias a los presuntos homosexuales se realizaban de forma anónima a través de la colocación de éstas en unas urnas colocadas por toda la ciudad nombradas Agujeros de la verdad. Cuando el tribunal las recibía citaba a los acusados a una Audiencia Pública en la que se les juzgaba.

El 8 de abril de 1476 apareció en una de las urnas el nombre de Leonardo da Vinci. Se le acusaba formalmente de sodomía practicada con el joven de diecisiete años, Jacopo Saltarelli, Leo contaba en ese entonces con veinticuatro. A consecuencia de ello Leonardo fue arrestado y pasó dos meses en una prisión florentina a la espera de Juicio. El de Vinci sufrió en primera persona las consecuencias de una prisión provisional que sigue vigente en nuestros tiempos. Transcurrido ese tiempo la denuncia finalmente fue desestimada y Leo abandonó la prisión y por desgracia, su querida Florencia. Como he dicho ya, la vergüenza y el desprestigio que causaba una acusación de ésta índole era suficiente como para tener que marcharse de una ciudad que, años más tarde, le lloraría.

A Leonardo, ese periodo le resultó emocionalmente devastador. No solo tuvo que abandonar la ciudad que le vio crecer, sino que a demás se obligó a practicar el celibato hasta el día de su muerte por miedo a futuras acusaciones infundadas. Cuenta también, el cornista Giorgio Vasari, que tras “el incidente”, el de Vinci dedicó parte de su vida a comprar pájaros enjaulados para después liberarlos sintomatología evidente de quien anhela la libertad tras la clausura.

Así pues, y antes de entrar en consideraciones jurídicas, parece evidente de antemano valorar las consecuencias que una mala aplicación de la justicia, puede provocar en el investigado.

Comenzando por el in dubio pro reo, o dicho en castellano, en caso de duda a favor del reo, es importante no solo predicarlo sino también aplicarlo. Es cierto que la mayoría de las denuncias, querellas… que llegan al Juzgado suelen tener una base sólida pues, por regla general, la gente no suele inventarse perjuicios provocados hacía su persona, aunque, por desgracia, esto no siempre es así.

Hay que especificar que, en la aplicación del derecho, no se protegen conductas, sino derechos. Y uno de ellos, quizá el más importante, es la aplicación efectiva del mismo. Si el ordenamiento jurídico predica que se necesitan una serie de pruebas para enervar la presunción de inocencia y las que hemos conseguido durante la instrucción no son suficientes, porque dudamos de la culpabilidad real del investigado, la legislación nos obliga a aplicar la absolución. No llegó aquí el caso de Leo pues por suerte, y por ciertas influencias, el caso fue desestimado.

El hecho de condenar es una de las mayores responsabilidades que existen y por eso a los jueces se les debe requerir la preparación que se les exige. Jugamos con vidas, no físicamente, pero si mentalmente. A Leonardo dos meses de prisión le cambiaron la percepción de la libertad sin ningún tipo de justificación, por tanto, imagínense dos años para una persona que sabe que es inocente.

Por ello, es indispensable una buena práctica probatoria en la que se consiga decantar la balanza para ahora sí, hacer un acto de justicia. Muchos lectores podrán pensar llegados este punto que quizá podemos incurrir en una injusticia pues si no hay suficiente prueba, pese a ser culpable, hay que dejarlo libre. Y tienen razón pero, gírenlo, y si era inocente y lo hemos condenado. No solo hemos destrozado una vida, sino dos.

Muy a relación con el punto anterior está la presunción de inocencia. Dice este principio que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. A efectos judiciales y por regla general se aplica. A efectos públicos no. Cuando decimos que se demuestre lo contrario nos referimos a la sentencia, todo lo anterior no vale. Por muy claro que parezca, por muchos indicios que haya, quien determina la culpabilidad es el fallo de la sentencia del Tribunal. A efectos judiciales, repito, es más o menos real, debate a parte con la prisión provisional, pero efectos públicos se produce un efecto diametralmente opuesto. De todos modos, traigo una buena noticia para el lector. No somos la peor generación de la historia. Quizá la más vistosa, pero no la peor. A día de hoy el noticiario nos abunda con titulares de sucesos que no dudamos en condenar desde un Smartphone o en debates de sobremesa, pero igual pasaba en Florencia. Leonardo tuvo que abandonar la ciudad. No había tabletas ni ordenadores pero el fervor popular era tal, que lo sentenciaron de todos modos.

Han pasado 500 años y seguimos igual. Desde aquí hago una suplica, reflexionad. No digo que todo se mantenga en silencio hasta la publicación de la sentencia, evidentemente el debate es necesario, pero hagámoslo sano, no sentenciemos, no juzguemos, opinemos, informémonos, demos nuestro parecer, pero no condenemos. Y no condenemos por la repercusión que tiene sobre el factor humano. Mientras miles de florentinos daban por hecho que Leonardo practicaba la sodomía él, sabiendo que no era así, tuvo que marcharse a Milán arrastrando los fantasmas de la soledad, el reproche y el miedo. Cuando juzgamos, desde el escalón en el que nos encontremos cada uno, están en juego personas, tan personas como tu y como yo y que merecen, durante el trayecto, una oportunidad.

Finalmente queda el gran tema, la prisión provisional. Ríos de tinta, horas de informativos, sesiones de debate y manifestaciones públicas. Escribo estas líneas desde Girona y pueden imaginar que “el Procés” me ha tocado de cerca. A día de hoy aún no hay sentencia y aplicaré lo anteriormente dicho pero lo que si puedo cuestionar es la prisión provisional. Esa herramienta dotada de una utilidad, es cierto, pero quizá obsoleta. Lo primero que nos encontramos cuando discernimos entorno a la prisión provisional es que entra en contradicción con la presunción de inocencia.

  • Habías dicho que hasta que no hay sentencia todos son inocentes, entonces, ¿por qué están en la cárcel?– Como abogado ya aquí me encuentro con dificultades para contestar pero respondo:
  • No, porque la prisión provisional solo se aplica cuando se sospecha que haya riesgo de fuga, reiteración delictiva o destrucción de pruebas.
  • Entonces, estás poniendo en prisión a gente que aún no ha hecho nada solo porque pueden volver a hacerlo, entonces ¿por qué no ponemos a todo el mundo en la cárcel?, todos somos potenciales delincuentes.
  • No, pero es para los que ya están investigados por la comisión de un presunto delito.
  • Pero no lo sabemos del cierto ¿no?, hasta que no se dicte la sentencia, presunción de inocencia ¿no David?
  • Si, verás…

Lo cierto es que tienen razón. La prisión provisional es un mecanismo quizá obsoleto, pero en determinados casos. Podría contrarrestar argumentando que  si dejo a un presunto asesino libre y luego vuelve a asesinar, ¿qué pasaría? El pueblo se nos echaría encima y recriminaría al Juez la conducta cometida. Por ello no se puede sacar una conclusión real, porque se trata de algo imperfecto, como nosotros, como todo. En ciertos casos funciona, en otros no. En algunos casos se acierta, en otros no. En algunos casos se hace justicia y en otros.

Por ello, si bien es cierto que la aplicación de la trilogía anteriormente desglosada resulta de imposible aplicación, pues infinitos son los casos e incalculables las interpretaciones, lo que si puedo solicitar humildemente es que se dote de mayor estudio y meditación. Porque cuando debemos aplicar estos conceptos, siempre hay una cosa común, y es que detrás hay personas y lo que merecen, igual que Leonardo, es que se vele por sus derechos tanto como por los de los demás.

Banalidades

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Por fin… estaba harto del mismo atuendo cada día. ¿Nadie había pensado que esos colores no combinaban con nada?, que sí, que no tenía que gustar a nadie ahí dentro pero oye, un poco de “sentido del gusto” siempre es de agradecer, en fin…

Lo importante era que hoy volvería a recuperar su indumentaria habitual y hacía días que soñaba con ella. A primera hora de la mañana se la dejaron encima del camastro tal y como él la había entregado. Se acercó nervioso y descorrió la cremallera de la funda que cubría su traje Brook Brothers y respiró aliviado al ver que todo seguía en su sitio. Si esos idiotas hubiesen sabido lo que costaban esas tres piezas de tela, probablemente se las hubiesen quedado, ignorantes…

Se desnudó rápidamente apartando de un puntapié los pantalones bombachos que le habían prestado y se contempló la silueta desnuda en el espejo. Oye, pues no le habían sentado tan mal esos días, incluso habría perdido algún quilo, mira tú por dónde.

Empezó el ritual de vestirse, como siempre, por los pies. Desparejó los negros calcetines de seda y, apoyado en el filo de la cama, los enrolló para posteriormente extenderlos por sus pantorrillas. Primero el izquierdo, luego el derecho. Como siempre. Continuó con los pantalones. Qué agradable sensación, todavía olían a limpios y la raya se había conservado. Es lo que tiene la calidad.

A continuación desenvolvió la camisa, su favorita, la de aquella noche. Blanca, sin bolsillo, de algodón.  Empezó abrochando el botón de arriba y no fue hasta llegar al penúltimo que se dio cuenta. Aún estaban esas manchitas rojas. Bueno, con el chaleco no se verían…

Siguió con los zapatos. Marrones, de punta. No entendía cómo la gente podría vivir sin ellos, era como pisar el cielo. Los abrochó meticulosamente y se dirigió al espejo para anudarse la corbata. Su momento, su nudo, su Hermmes de seda, el encaje de la perfección. Optó por un Windsor, era una ocasión especial. A la primera, ¡qué sensación!

Estaba deleitándose con su americana cuando lo interrumpieron. –Es hora de irse­– anunció una voz desde el pasillo. –Qué prisas por Dios, ¡ya salgo!– respondió molesto.

El trayecto hasta la Audiencia Provincial fue corto y silencioso aunque algo incómodo por la compañía de dos guardia civiles pasados de peso que le invadían el espacio vital en los asientos traseros del furgón.

Una vez allí, los nueve miembros de un jurado ávido por conocer al presunto asesino de más de diez mujeres en el año 2018, esperaban en sus respectivos asientos.

Cuando por fin entró, solo deseó que nadie se percatara de que esas putas esposas que le habían puesto no combinaban con su cinturón, aunque, viendo como lo miraban, quizá si se habían dado cuenta…

Berta

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Cuando Javier abrió el recién adquirido Mac nada más llegar a su diáfano despacho se le cayó el mundo encima. Eran las 9:31 minutos de un intrascendente, hasta el momento, 7 de abril.

Como cada mañana se había levantado con el alba y había dado un beso suave a su mujer, quien, a diferencia de él, revoloteaba unos minutos más en la cama danzando acurrucada con las sombras que formaba el reflejo de la piscina entre los hoyos de la persiana a medio abrir.

Javier veneraba esa hora pues la tranquilidad que reinaba en la ciudad al despertar le inspiraba la calma necesaria para afrontar días repletos de pugnas judiciales en los que el desorden, solía ser la tónica dominante. Desayunó en silencio y al terminar, volvió a la habitación, rebuscó entre sus corbatas hasta encontrar la Hermès de seda que Berta le regaló para su primer aniversario de bodas y se la ajustó al cuello con el tradicional nudo Windsor.

De camino al bufete, como siempre, el tráfico era espantoso. Solía fumar en ese trayecto, más siempre lo hacía con la ventana abierta. A su esposa le molestaba terriblemente el olor a rancio por lo que intentaba disimularlo de todas las formas posibles. Por desgracia, la temporada primaveral había comenzado lluviosa así que, muy a su pesar, tuvo que renunciar al vicio y condenarse a una larga espera sin entretenimiento posible. El panel táctil del vehículo marcaba las 7.11 eso significaba que aún le quedaba más de una hora para llegar al su destino, así que se relajó en el asiento, resopló y se sumergió en sus pensamientos mientras avanzaba por inercia. En seguida le vino la primera pregunta a la cabeza. Su vida había sido un constante ir y venir pero, ¿cómo había llegado hasta aquí?

Decidió estudiar derecho cuando aún era un adolescente. Sus altos dotes para la oratoria lo habían llevado a ganar más de un concurso de debate intercolegial y los profesores siempre le auguraban un futuro prometedor. Nunca habida sido el más apuesto de su grupo, sin embargo su labia le había abierto muchas puertas de manera precoz. Se matriculó en derecho en la universidad de su ciudad y se sacó la carrera posicionándose entre los mejores de su promoción.

Con ambas manos en el volante de su encerado Audi A7 sonrió sutilmente al recordar anécdotas prohibidas durante sus fiestas universitarias. A continuación pensó en Berta. ¿Cómo se conocieron?

Hacía poco que se había colegiado y gracias a su brillante currículum ya ejercía en un despacho de las afueras. Disfrutaba en ese momento de veinticinco años, salía con sus amigos todos los fines de semana y gozaba de ciertos ingresos que le permitían un ritmo de vida elevado al seguir viviendo en casa de su madre.

Una mañana de otoño le encargaron por primera vez la asistencia de una detenida. Su mentor, hombre mayor y de experiencia, supo ver el potencial del joven a quien asignó el caso para que se curtiera. Javier, no sin falta de nervios, se dirigió por primera vez a dependencias policiales a tratar un asunto que desconocía.

Llegó puntual y tras varios minutos de charla distendida con los agentes, estos le acompañaron dónde se hallaba la detenida a la espera. La joven, vestida con una camisa caqui sobradamente holgada, aguardaba con los pies encima de la misma silla en que se sentaba debido a una flexión completa de las piernas que sujetaba con ambas manos como un niño tembloroso. Era una chica joven, menuda y rubia. Su pelo corto, extremadamente liso, la envolvía en un aspecto tan angelical que solo hacía que desentonar con las acusaciones que se vertían sobre ella.

Desde el primer momento en que Javier vio a Berta se quedó hipnotizado. Un embrujo que a día de hoy aún perduraba cuando ambos coincidían en el mismo espacio. Su juventud lo armó de valentía y, tras alisarse la americana, se dirigió a ella haciendo todo lo posible por gustarle. La charla fue fluida, era una chica normal, asustada y que le juró que era inocente. Javier se prometió a si mismo que la sacaría de allí, que para eso había estudiado Derecho, para hacer frente a injusticias como esta.

El juicio no tardó en llegar y fue más mediático de lo esperado. A demás los periódicos fueron una constante fuente de titulares sensacionalistas vaticinando un posible romance entre abogado y clienta. A Javier le sobrepasó el asunto, el acoso en medios era incesante hasta el punto que algunos por la calle le reprochaban sus preferencias amorosas. Nadie creyó a Berta a excepción de él y la acabaron condenando. pero él la esperó. Sabía que era inocente, que si hubiese estado más preparado la hubiese podido salvar desde el principio y no perder todo lo que tenía. En diciembre de ese mismo año Javier fue despedido de su despacho y empezó su periplo en solitario.

Habían pasado ya veinte años desde aquello cuando el conductor de atrás le sobresaltó con el claxon anunciándole que el semáforo se había puesto en verde sabe Dios desde hace cuanto. Sintió el rugir de sus 300CV en sus piernas mientras arrancaba.

A día de hoy era un hombre nuevo, había montado su propio negocio y en el sector legal era una institución aunque su empeño por Berta nunca cedió. La visitó todos los días de su condena y, meses después de su puesta en libertad, se casaron en secreto y formaron lo que a día de hoy ambos valoraban como una familia. La prensa, por suerte, no volvió a pronunciarse sobre el affaire debido a la  inconstancia de la memoria y la vida pareció, al fin, darles la razón.

Eran las 9.22 minutos cuando finalmente aparcó en su plaza de parquin y decidió subir andando los más de 90 escalones que lo separaban de su despacho en la tercera planta. La hora y media de coche lo había dejado aturdido y le sentó bien estirar las piernas. Entró por el majestuoso pórtico de cristal, recibió el cordial saludo del secretario y le invadió ese particular olor a lavanda que proyectaban los ambientadores modernos. No había nadie más y, tras dejar el maletín en el suelo, acarició el panel táctil de su computadora haciendo que se iluminase la valiosa pantalla. Le invadieron los mails, las citas y los programas que se dejó abiertos el día anterior pero, como siempre, se tomó un tiempo para leer la prensa online. La primera línea le desmontó la vida:

“ÚLTIMA HORA: Berta C.G, mujer del prestigioso abogado Javier M.M investigada de nuevo, por un presunto asesinato de menores”

Según ha podido saber este medio, Berta, quien ya cumplió 12 años de condena por el mediático crimen de Alfaguara, esta siendo investigada tras la denuncia por la desaparición de otro menor en las inmediaciones de la misma localidad. Según informan fuentes de la Guardia Civil podrían haberse obtenido grabaciones de video en las que la presunta autora […]

El teléfono empezó a sonar.

En el frío invierno (III)

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1 de noviembre de 1944. Campo de concentración de Auswitch I. Polonia

Marcus Hoffe había perdido la noción del tiempo. Hacia ya cuatro meses que él y su padre habían superado, a diferencia de sus tres hermanos, el control médico que realizaban las SS a todos los presos recién llegados a Auswitch y desde ese momento Hoffe había anotado en el suelo de su barracón todos los días que pasaban rasgando el maltrecho suelo de madera con una pequeña piedra puntiaguda que había podido esconder a la vuelta de una interminable jornada de trabajo. Fue relativamente fácil hacerlo al principio, pues la energía que mantenía y la aparición del sol matutino le ayudaban a generar una esperanza que, poco a poco, se había ido diluyendo con la llegada del frío.

Hacía tres semanas que el sol no cubría Auswitch y el cielo, blanco y grisáceo como el mármol, solo escupía una nieve que se desprendía del cielo arrasando cuanto tocaba y se posaba en el suelo creando una película blanquecina que entumecía y amorataba los pies descalzos de todos aquellos presos que divagaban esperando su turno.

Esa mañana Marcus abrió los ojos y sólo vio tristeza. Sus compañeros de habitáculo habían empezado ya ha moverse pero él seguía con la cabeza apoyada en la húmeda y blanda madera. Se recostó de forma fetal y buscó, con sus enjutas manos, la cara de su padre, pero lo único que encontró fue el vacío. Siguió palpando y su pesadilla se hizo realidad, en el estrecho hueco que éste ocupaba por las noches solo había ausencia. El corazón le dio un vuelco, las pulsaciones se le aceleraron de golpe y el agudo grito despertó a los que aún seguían dormidos.

Hoffe, quien en ese momento contaba con once años a sus diminutas pero fuertes espaldas, se levantó olvidando por un momento dónde se hallaba y salió del cubículo de forma precipitada. Eran las seis de la mañana y aunque ya había cierto movimiento en el interior del campo, la oscuridad aún ensombrecía las paredes de obra vista en la que se reflejaban los destellos del amanecer. Avanzó diez metros hasta detenerse en seco, no por el quemar de la gravilla congelada bajo sus pies, sino porque su padre había desparecido.

Marcus era un chico fuerte y hasta ese momento no recordaba haber llorado. No lo había hecho cuándo su padre se inventó que su madre se había ido de casa porque debía ir a buscar faena. Tampoco cuando éste le explicó que sus tres hermanos, menores que él, eran demasiado pequeños para vivir en estas condiciones y los oficiales vestidos de gris les habían permitido volver a casa tranquilamente. No había llorado ni tan siquiera, cuándo le quitaron su juguete favorito con la excusa que había niños que habían ido allí solos y que los necesitaban más que él.

Pero en ese momento, una lágrima brotó en su mejilla. Había perdido a su padre, lo único que tenía, y lloró. Lloró porqué entendió, como si de una revelación se tratase, lo que allí pasaba. Lloró porque con su ridícula edad fue capaz de madurar a pasos agigantados, lloró porque era un niño por muy mayor que le hiciesen ser, lloró porque tenia miedo y lloró, principalmente, porque estaba solo.

Las primeras gotas de agua nieve empezaron a rociarle el rostro confundiéndose con las lágrimas, que de forma desconsolada, cubrían el sucio rostro del niño. Hoffe volvió hacía el interior del barracón sin que los prisioneros se fijaran en él. En todos ellos recaía la desgracia y la empatía, como la mayoría de los que allí habían entrado, había muerto.

Con una habilidad sorprendente para sus condiciones físicas, Marcus trepó por las literas hasta situarse en las más elevadas y se acurrucó boca abajo, un viejo truco que desde bien pequeño había llevado a cabo cuando discutía con sus progenitores y que le servía para ausentarse del mundo hasta que se le pasase el enfado. Se pasó el día allí arriba. Debido a la altura de las literas y la pequeña complexión del muchacho, pasó totalmente desapercibido en completo silencio. Ni tan siquiera cuando se realizó la ronda de inspección por parte de los comandantes arios, estos fueron capaces de avistarlo.

Hoffe, movido por la última dosis de esperanza que invade a los que todo han perdido, esperó en silencio al regreso. A última hora y sin haber ingerido un triste alimento en toda la jornada, los reclusos volvieron a sus celdas, el silencio era aterrador pues nadie, en la centena de hombres que se acumularon en ese cuarto para veinte, dijo nada al regresar. Marcus revisó, uno por uno a los que iban entrando, pero ninguno era a quién el esperaba. Cayó la noche y con ella la desgracia.

Dormitaba entre sollozos Marcus cuando se oyó un grito del exterior.

– ¡Marcus!- pareció oírse. El chico se quedó petrificado pero la voz insistió. -¡Marcus ven!-.

Las pulsaciones del hijo se aceleraron de golpe y salió corriendo. Al abrir la puerta, no sin esfuerzo, visionó su anhelo. Su padre, desnudo, lleno de heridas pero con una sonrisa en el rostro, permanecía de rodillas ante el último miembro de su familia. Marcus levantó la cabeza y atisbó a dos comandantes que corrían hacía la escena. Se precipitó sobre su padre, abrazándolo con los ojos cerrados y, antes de oír el disparo, fue capaz de gravarse las últimas palabras que el Sr. Hoffe le susurró al oído. –No es el mejor regalo que te hecho, pero espero que te guste, feliz cumpleaños cariño…-

Los ojos del padre se apagaron, el grito de Marcus llegó al cielo y el trozo de pan robado cayó de sus manos fundiendo la fría nieve del último invierno que allí pasaría.

En el frío invierno (II)

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Septiembre de 1944. Campo de concentración de Klooga, al norte de Estonia.

José María se unió a la División Azul cuando lo perdió todo. De eso hacía ya tres años y el rencor que sentía hacia los comunistas había menguado progresivamente por el avance de una guerra sin sentido que los hacía deambular de un sitio para otro.

Esa mañana, la más fría que recuerda, se encontraba en el norte de Estonia. Él, junto con sus compañeros de división y los demás desgraciados que habían hipotecado su vida a una causa que les era ajena, se encontraban matando el tiempo en su campamento, cuando el Hauptsturmführer Hans Müller retiró las cortinas y accedió al interior del aquella caseta que hedía a humo y sudor varonil. Müller solo pronunció una palabra en un perfecto alemán antes de girar sobre el eje de sus botas rodilleras y desaparecer del interior del cubículo. José María se miró con sus compañeros para corroborar que habían entendido lo mismo “seguidme”.

El grupo, formado por 25 divisionarios provenientes de varios países, formó rápidamente sin saber que su vida cambiaría para siempre. Llevaban 3 meses en Estonia y lo consideraban, entre risas, el lugar más triste del mundo. Allí no pasaba nunca nada, la guerra estaba en Berlín y ellos se sentían excluidos.

Siguieron al comandante y subieron a los cinco Mercedes que los esperaban. Minutos más tarde se detuvieron en mitad de un bosque tan sombrío como las almas de los comandantes. Bajaron y el crepitar de la nieve bajo sus pies sonó con una intensidad desmedida. El paisaje, huérfano de vida, solo se sostenía por las copas de unos árboles desnudos que se ramificaban hasta rallar un cielo lechoso que parecía hacer meses que no divisaba el sol. José María cerró los ojos y apretando el escapulario que sostenía en su mano derecha pensó en su madre.

Al rato, vieron aparecer un centenar de cadáveres andantes por el ala oeste de una explanada que, a prudente arbitrio, habían elegido los comandantes de las SS. Un grupo de cien personas, desnudas de arriba a bajo, emergió con la cabeza gacha y con las manos tapándose el sexo. La centena de cabezas rapadas provenían del Campo de exterminio de Klooga y sabían su destino. Sin embargo formaron filas a las órdenes de sus captores como si aceptasen que su vida había llegado hasta aquí o que esto, en definitiva, ya no era su vida. José María tragó saliva con un traqueteo de garganta que llegó a oídos de todos los allí presentes.

–¡Vamos a dispararles! –anunció el Hauptsturmführer. –Los soviéticos avanzan y llegarán al campo en cuestión de días, no podemos transportarlos ni dejar huellas de lo aquí sucedido. Luego los quemaremos. ¿Alguna objeción?

El silencio fue sepulcral. Todos los allí presentes, víctimas y verdugos, habían entendido el mensaje, pero nadie alzó la voz. Solo la muerte, espectadora de lujo, se divirtió aportando un viento siseante que rebotó en los huesos de los confinados y se introdujo en el estómago de los ejecutores.

José María sintió el fuego en su interior y una dosis de bilis en cantidades cuantiosas se alzó hacia su boca, provocando una arcada que, de milagro, fue capaz de disimular. Seguía inmerso en sus pensamientos cuando le entregaron la Gustloff Volkssturmgewehr, el arma que le correspondía para disparar. Al madrileño, criado en el barrio de Malasaña mientras hacía ver que disparaba con ramas de árboles, la escopeta le pesó un mundo, pues junto con los 4,6 kilos del arma cargada, se le acompañaba el peso de la historia.

Suspiró, él sabía que no sería capaz, pero que si no lo era, moriría. Se atrevió, por primera vez, a mirar a los ojos al grupo de enjuiciados que esperaban su desenlace, sin combatir, sin huir, sin resistirse. Él no tenia nada en contra de ellos, no sabía sus nombres, ni sus profesiones ni si tenían familia… pero tampoco atisbó la respuesta en sus corneas y allí, encontró su justificación. La justificación de un cobarde que prefería matar antes de morir, la justificación de unos ojos cadavéricos inmersos en unas cuencas vacías de carne que le hicieron ver que ya estaban muertos. La justificación, al fin y al cabo, de un superviviente en una guerra absurda por la que tendría que rendir cuentas, pero no ese día. Dos horas más tarde, habían muerto ciento veinticinco personas en aquel bosque de los confines del mundo, aunque veinticinco de ellas, lo podrían contar.

En el frío invierno

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Invierno de 1941. Campo de concentración de Sachsenhausen.

El General Otto Lebeck se levantó de la silla y esbozó, por segunda vez en todo el invierno, una ligera sonrisa. Se centró la visera de la Waffen con ambas manos y se irguió estirando los puños bien planchados de su impoluta camisa. Alzó su brazo derecho en dirección a la mesa y se despidió de los presentes a la voz de ¡Heil Hitler!

Cuando salió por la puerta del pabellón de reuniones, un frio cortante le recorrió las jóvenes pero curtidas facciones de la cara e hizo que se encogiera de hombros y agachara la cabeza para evitar los impactos directos de unos copos de nieve embravecidos por el viento. Caminó en dirección al campo, obviando leer la inscripción forjada en la puerta de acceso únicamente presente para recordar a los cautivos que no saldrían con vida.

Sin detenerse, avanzó entre los barrotes y dio de lleno con un paisaje tan helado como desolador, por el que no sintió ni un ápice de tristeza. Gracias a la forma triangular diseñada por la logística militar alemana, los campos de concentración permitían una visión completa desde cualquier punto, imposibilitando de este modo, tanto las fugas como las casi inexistentes rebeliones.

A paso firme se dirigió hacia el pabellón 98 haciendo que los pijamas a rayas que deambulaban como fantasmas por el campo agacharan su huesuda y rapada cabeza por más miedo que cansancio. El General Otto Lebeck tenía fama desde su llegada de ser el más implacable de los miembros de las SS allí presentes, pues eran varias las historias que de él se contaban y estas no hacían otra cosa que implementar más terror en las almas de unos desgraciados que allí retenían contra su voluntad.

Segundos después se plantó ante la puerta del pabellón en cuestión y, antes de entrar, se detuvo un segundo y resopló, estaba nervioso. No le impidió eso, pero, mantener su dura imagen e irrumpir de forma brusca haciendo que sus recién pulidos zapatos de cuero crepitaran en la ya muy débil madera. Los pocos prisioneros presentes se asustaron y retrocedieron, todos a excepción de uno. Karl Mende llevaba allí tres meses,  y se quedó plantado. También estaba nervioso. –TÚ- Gritó el General. – Conmigo! Ya!.

Los compañeros resoplaron casi al unísono pues, si bien es cierto que sospechaban que sería la última vez que verían a su igual, era más cierto que agradecían, a un Dios que los había abandonado, la suerte de no haber sido los elegidos. El General Lebeck lo agarró del brazo y tiró de él hacía fuera de la caseta. Dejaron la puerta abierta a su salida y cruzaron el campo hasta las mazmorras. Nadie preguntó, nadie intervino, nadie se alzó. La injusticia, en ese entonces, era tan normal como el frío. Una vez allí el miembro del Schutzstaffel hizo pasar al recluso a una de las pocas celdas que quedaban libres y entró con él. Solos, en una celda tapiada metálicamente, insonorizada por el cemento y en la que apenas entraba un rayo de luz, no mediaron palabra, simplemente se abalanzaron el uno sobre el otro fundiéndose en un beso tan torpe como apasionado.

Esa noche el General esbozó su tercera sonrisa invernal.

Esa noche, en el frío invierno, Mende se quitó la vida, pues había cometido el mayor crimen existente, amar a quien no ama.